El acuerdo UE-Turquía, del embudo al tapón de Europa

Publicado el 2017-03-20 » 925 Views» Por Antonio Trives Penalva » Asilo y refugio, Derechos Humanos, Europa

Valla del paso fronterizo de Idomeni, que limita Grecia con Macedonia. Foto: Antonio Trives.

Valla del paso fronterizo de Idomeni, que limita Grecia con Macedonia. Foto: Antonio Trives.

Idomeni, el paso de Grecia a Macedonia en la ruta de los solicitantes de asilo ha ido modificando su finalidad, estructura y arquitectura en función de las improvisadas políticas europeas en materia de asilo y acogida de refugiados, provocando una vulneración de derechos humanos en las personas migrantes. Desde el comienzo de la crisis de gestión política europea de las personas que huían de la guerra en Siria, Irak o Afganistán, este paso era una mera transición y un punto más en la ruta para encontrar un lugar seguro. Desde el 1 de septiembre al 27 de noviembre de 2015 caminaron a través de este paso fronterizo más de 500.00f0 personas, según datos de ACNUR. Un día después, el 28, la Antigua República Yugoslava de Macedonia (F.Y.R.O.M. por sus siglas en inglés) comenzó la instalación de una valla. Mientras tanto, miles y miles de solicitantes de asilo continuaban llegando a suelo griego, con la alegría de estar ya en Europa y la energía para seguir adelante. Desconocían que la frontera estuviera cerrada.

La instalación de la doble valla, coronada y sustentada por líneas de concertinas, fue el primer paso para transformar el amplio y continuo flujo en un embudo. Durante los primeros meses de 2016, los solicitantes de asilo que llegaban a Idomeni se toparon con una barrera que les impedía continuar. Según datos de ACNUR, en marzo, 10.500 personas estaban atrapadas y ancladas en el campamento improvisado junto a la frontera. A diario permitían el paso de entre 50 y 100 personas. En un primer momento, el orden se determinaba mediante un sistema de números de turno, pero después las autoridades lo modificaron y establecieron la fecha de llegada y registro a Grecia como parámetro.

Las personas seguían llegando a Idomeni, el campamento creciendo y las condiciones de vida empeorando. El embudo ampliaba su capacidad. Un joven sirio de 26 años, que llegó con su hermano los primeros días de marzo del pasado año, recuerda esos momentos como una humillación. La mayoría consideraban que su estancia en el campamento no excedería los dos, tres días o una semana como máximo. Mantenían las esperanzas de poder continuar su ruta, hasta que un día como hoy entraba en vigor el acuerdo de la Unión Europea con Turquía, en la que establecía que todo migrante que llegara a suelo griego sería deportado. Con esto, la Unión Europea quitó el embudo e incrustó un tapón. La frontera quedaba completamente cerrada y los solicitantes de asilo atrapados en Grecia. Esto convirtió al país heleno en el mayor no lugar de Europa, esto es, un espacio al aire libre de estancia fija en el que los derechos a una vida digna, migrar y buscar refugio quedaban completamente vulnerados sobre unas personas por el mero hecho de su procedencia.

A partir de este momento y hasta mayo, los solicitantes de asilo, familias enteras, menores no acompañados y jóvenes malvivieron en tiendas de campaña, entre el frío, el barro, la lluvia y el viento. Los que tuvieron los recursos económicos suficientes, una minoría, consiguieron pasar a través de los traficantes. La desesperanza se apoderaba de ellos con el paso de los días, hasta que las autoridades desmantelaron el campamento de Idomeni y trasladaron a las más de 10.000 personas a los distintos campos oficiales y militarizados instalados por todo el país. Aquí comenzó un nuevo sufrimiento, la espera. Una espera agudizada por las condiciones de vida en los campamentos y la falta de información que se prolonga a día de hoy, un año después. Según especialistas que tratan la parte psicológica, las consecuencias pueden ser irreversibles. Es común encontrarse con personas que comentan que prefieren regresar a Turquía o incluso a su país, marcado por la violencia, antes que continuar en esta situación desesperante. No tener el control de sus vidas y su futuro provoca en las casi 60.000 personas registradas en Grecia graves procesos depresivos y de angustia. Esto ha provocado que desaparezca la imagen que traían de Europa de la solidaridad, las oportunidades y el respeto por los derechos humanos.

Un año después continúan a la espera de una noticia que les comunique qué país les acogerá. Cuando suceda eso, esperarán más hasta que les asignen el vuelo, y una vez lleguen, entonces será el inicio de una nueva vida, que desde hace más de un año andan buscando desesperadamente.


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Sobre el Autor


Periodista freelance formado en cambio climático y derechos humanos. Los másteres que he estudiado me aporta el título. La experiencia, la calle y las personas me dotarán la auténtica especialización. He escrito sobre refugiados (desde el terreno), movimientos sociales, derechos humanos, economía y educación en medios como Ahora Semanal, eldiario.es, La Marea, Público y Revista Crítica. Co autor del documental 'Diles que se vayan' sobre las Marchas Estatales de la Dignidad en España (2014).