Globalización

Publicado el 2015-02-10 » 1995 Views» Por Antonio Rovira Viñas » Archivo, Desarrollo, Gobernanza

"Globalization" Lars Plougmann vía Flickr

“Globalization” Lars Plougmann vía Flickr

De nuevo saltan las alarmas: ¿Quiénes somos? ¿Qué queremos? ¿A dónde vamos?

Intuimos un cataclismo político y social global y las antiguas melodías ya no sirven. La bancarrota, lejos de ser regulada y controlada, reaparece; la escandalosa corrupción está pervirtiéndolo todo y la pérdida de confianza en el Estado es total.

La sensación de desamparo estremece. ¿Qué pasará? Ciertamente, el cambio es enorme y estamos desengañados. Pero recordad que des-engañarse es despertar y cuando uno no sabe a dónde va es cuando llega más lejos.

No estamos en el fin de una era sino al final de una época y el principio de otra en la que tenemos que aprehender a cuidarnos nosotros mismos porque la mundialización, que lo está cambiando todo, nos ha puesto en el centro de un nuevo modelo social donde todo es posible. A partir de ahora el “deber” es lo que nos ordenamos a nosotros mismos y fracasaremos si no nos atrevemos a decir ¡no!

La Globalización es un maremoto provocado por la técnica aplicada al consumo. Es como una máquina que se acelera y en la que las cosas se suceden y sin más se van. Ya no hay mestizaje en el funcionamiento financiero o económico ni en el trabajo científico o médico. El neoliberalismo, con su lógica del exceso esta conviertiendo la eficiencia “técnica” en una ideología que nos dice como debemos comer, como debemos ducharnos y limpiarnos los dientes o como sentarnos en el sillón eficientemente. El background está en la nube.

Pero atención, amigas, porque todo cambio tiende a ser dialéctico y el movimiento en una dirección implica necesariamente el contrario. Un mundo globalizado no quiere decir único. La globalización no elimina las diferencias, al contrario, las potencia. La igualdad de derechos no implica uniformidad de la misma forma que McDonald no implica la desaparición de la tortilla de patatas.

La globalización no hechiza a nadie, en la globalización no hay sentimientos, sólo intuiciones. No crea una sociedad mundial uniforme que sustituya nuestros orígenes; al revés, cuanta más globalización más soledad y más pensamos en nuestra aldea para vivir con otros y no solo junto a otros.

La mundialización implica el resurgimiento y reforzamiento de las identidades colectivas. Lo local y lo global son caras de la misma moneda. Para vivir necesitamos convivir y con-vivir es competir, es estar en grupos diferenciados con una determinada forma de ser, lo que Platón denomina “carácter”.

Y para manejar la nueva era está surgiendo una clase de ejecutivos y trabajadores que se sienten cómodos en todas partes, hablan el mismo idioma y comparten los mismos hoteles. Estos trabajadores globales viven y se divierten de forma muy parecida, pero necesitan más que nunca sentirse vinculados con sus raíces. Se alimentan cada día pero cuando quieren disfrutar regresan a su casa a tomarse un cocido con la familia y para comunicarse hablan la misma lengua pero utilizan la suya para quererse y pasarlo bien con la pandilla.

En fin, que la felicidad la seguimos buscando en casa porque vivimos en el mundo pero con-vivimos en nuestros agujeros.

Sí amigos, al final todo depende de nosotros. Somos más libres pero estamos más solos y si no buscamos la mano del otro, si no sentimos el arraigo, si no somos conflictivos caeremos en manos de la “bestia”, de la autoexplotación hasta el agotamiento y la depresión.

Por eso están surgiendo como rayos nuevas formas de convivencia social al margen del sistema: alquilas una habitación de una casa familiar en cualquier parte del mundo sin intermediarios (Air BnB), o un taxi (Uber), o viajas en el coche de una desconocida que termina siendo tu amiga para ir a la misma ciudad y compartir gastos (Bla Bla Car).

Lo global es más social. Las ONGs desarrollan competencias públicas de forma más trasparente y eficiente que las instituciones del Estado: el ayuntamiento de Sevilla ordena multar con 750 euros a los mendigos y familias que necesitan hurgar en las basuras para sobrevivir manteniendo que la basura es del ayuntamiento. ¿Qué os parece?

En la era global necesitamos confiar más en la gente y respetar las diferencias y sentimientos colectivos porque nadie puede obligarnos a vivir o incluso a sentir de una determinada forma. ¿Por qué tengo que ser mejor juez que los demás? ¿Por qué los demás tienen que equivocarse menos que yo? (Sócrates).

Los valores hay que consumirlos, digerirlos e integrarlos como las hamburguesas. Todo está a nuestra disposición para asumirlo e incluso negarlo. Nada puede escapar a la matización personal y al cuestionamiento porque siempre hay alguien cerca preparado para convencerte lo que debes hacer para salvarte. ¡Rebélate contra los nacionalismos! me dicen; pero si les hago caso y me rebelo les obedezco y si obedezco no me rebelo (Goethe)

Pasamos del restaurante chino al cuscús, de lo ateo a lo religioso, de la literatura al partido de futbol. No hay una corriente ni una moda que suceda a otra, todas conviven simultáneamente.

Hay grandes marcas pero también pequeñas y cada día compramos más ropa usada y somos más los que nos desactivamos del consumo de marcas y antes de comprar unas zapatillas, comprobamos que no son producto de la explotación.

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Sobre el Autor


Doctor en Derecho con premio extraordinario y licenciado en Filosofía. Defensor del Pueblo de España (1999-2000) en funciones. Director de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Barcelona (1980-1983). Director del departamento de Derecho público y miembro de la Comisión de Gobierno de la Universidad Autónoma de Madrid (2003-2010). Director del Máster en “Gobernanza y Derechos Fundamentales” de la UAM y la Fundación Santillana. Ha trabajado en las Universidades de Estrasburgo, Columbia, Essex, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y el CSIC.