Habitat III: El derecho a la ciudad

Publicado el 2017-01-04 » 1058 Views» Por Silvia Albuja Hernández » Derechos Humanos, Desarrollo, Medio ambiente

Niña posa junto a la intervención "I want to swim in my river" realizada por el colectivo INCITI durante la Conferencia Habitat IIII. INCITI vía Flickr (CC BY-NC 2.0)

Niña posa junto a la intervención “I want to swim in my river” realizada por el colectivo INCITI durante la Conferencia Habitat IIII. INCITI vía Flickr (CC BY-NC 2.0)

El 17 de octubre de 2016, con el eslogan “el cambio nace en el corazón del mundo”, la ciudad de Quito –conocida como “Luz de América”-, amaneció con otro resplandor. Helicópteros que surcaban el cielo, autos con sirenas, guardaespaldas, militares en las calles y una legión de urbanistas, arquitectos, activistas, indígenas, académicos, estudiantes y diplomáticos, que se encontraron para discutir sobre cómo hacer ciudades más “sustentables, inclusivas y resilientes”, en la Conferencia sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sostenible, conocida popularmente como Hábitat III.

El origen de esta reunión se remonta a enero de 1975, cuando la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas creó la Fundación de las Naciones Unidas para el Hábitat y los Asentamientos Humanos (FNUHAH), el primer órgano oficial de la ONU dedicado a los asuntos urbanísticos.

La primera conferencia internacional de la ONU, Habitat I, en la que se reconoció plenamente la importancia de la arquitectura como herramienta para mejorar la calidad de vida, se realizó en 1976 en Vancouver, Canadá.

Posteriormente, en 1996, se celebró una segunda conferencia sobre las ciudades, Hábitat II, la cual se realizó en Estambul, Turquía, para evaluar dos décadas de progreso y establecer los objetivos para el nuevo milenio.

Hábitat III se llevó a cabo en un contexto muy diferente al de las dos conferencias anteriores. Veinte años después, esta tercera conferencia acarreaba un peso de responsabilidad y expectativas que no se evidenciaron en los encuentros previos. Por primera vez se ofrecía la posibilidad de evaluar colectivamente las tendencias urbanas, que cambian rápidamente, y debatir sobre las formas en que estos patrones están impactando en el desarrollo humano, el bienestar ambiental, y los sistemas cívicos y de gobierno en el mundo(1).

La construcción de una Nueva Agenda Urbana (NAU)

Paradójicamente con una cerca perimetral, se debatía bajo la consigna “juntos decidimos el destino de las ciudades” sobre las urbes justas, participativas, inclusivas y equitativas. El debate tuvo lugar en la militarizada Casa de la Cultura Ecuatoriana, sede de Hábitat III, otorgada por Quito a la ONU.

La NAU pretende que las ciudades sean más inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles y para ello establece estándares globales del desarrollo urbano, replanteando la forma en que se construye, gestiona y vive en las ciudades, a través de compromisos compartidos con los actores urbanos más relevantes y con todos los niveles de gobierno, sociedad civil y sector privado(2).

El debate de construcción de la NAU giró en torno a un cambio histórico, que plantea, entre otras, las siguientes interrogantes: ¿Cómo serán las ciudades del futuro? ¿Dónde vivo? ¿Dónde quiero vivir?.

Desde el año 2009 ya hay más personas habitando áreas urbanas que rurales, y la tendencia va en aumento. Algunas de las causas que promueven el éxodo poblacional del campo a la ciudad han sido las limitaciones de acceso a servicios de salud, educación, vivienda, agua potable, alimentos, trabajo, asistencia social, cultura, comunicación, entre otros. Todos ellos aspectos básicos consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Se estima que alrededor de 3.500 millones de personas viven actualmente en ciudades, lo que corresponde al 55% de la población mundial. Para 2030, seis de cada diez personas en el mundo tendrán su residencia en áreas urbanas y más de 90% de este crecimiento será en África, Asia, América Latina y el Caribe. Y las proyecciones para 2050 estiman que serán 7.000 millones las personas(3) que se concentrarán en zonas urbanas, es decir, el 75% de los habitantes del mundo. Buena parte de esta población vivirá comprimida en barrios marginales.

Ante este panorama de eminente convulsión, la ONU propuso unir los esfuerzos de los países miembros, y durante la Asamblea General de 2015 se aprobaron los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), en el marco de la agenda 2030 para transformar el mundo. Posteriormente se desarrolló la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21), en la que se refrendó el acuerdo histórico para reducir la emisión de gases de efecto invernadero. En 2016, la NAU es el esfuerzo final que se concreta en Hábitat III, mediante un documento aprobado por los representantes de las delegaciones asistentes, que se produjo tras dos años de negociaciones y trabajo conjunto entre académicos y expertos en urbanismo. El texto incorpora en 20 páginas 175 puntos principales y 3 principios básicos: no dejar a ninguna ciudad atrás en su desarrollo, promover economías urbanas sostenibles e inclusivas y fomentar la sostenibilidad ambiental.

La concreción del documento conjunto no fue sencillo, pues, a pesar del empeño de Canadá para que se incluyera una declaración sobre los derechos de ciudadanos LGBTI(4), otros países, incluyendo Irán y Rusia, no lo permitieron.

Otro punto de discordia, que encendió el debate urbano, fue lo concerniente al derecho a la ciudad(5), una visión acuñada por el filósofo marxista Herni Lefebvre(6), quien en el año 1968 habló por primera vez del derecho a la buena vida urbana. Grandes potencias como Estados Unidos y China se resistieron completamente a que en la declaración se incorporara el “derecho a la ciudad”, término que finalmente, fue incorporado.

Mientras se suscitaba el debate en torno a la NAU, a las afueras del recinto un nutrido grupo de activistas, organizaciones sociales y colectivos se manifestaron con un solo lema: “Cero desalojos, cero represión“.

El problema sobre el que pretendían llamar la atención, era que Hábitat III no había considerado dentro de su agenda tratar temas como los derechos de los pueblos indígenas, los desplazados, los “sin techo”, los desahucios, los desalojos forzosos, el derecho al agua potable o la propiedad colectiva del suelo. Tampoco se planteó discutir sobre el modelo de desarrollo de ciudades que le da prioridad al negocio inmobiliario. Y tampoco estaban bien representados ni los municipios ni la ciudadanía(7).

La discordia dio lugar a un espacio paralelo de denominación variada: Hábitat Alternativo, Resistencia a Hábitat III o Contra Hábitat cuyo objetivo central fue la necesidad de discutir los asuntos que no se tuvieron en cuenta en la agenda oficial. Se trató de un ámbito abierto y participativo que desarrolló sus actividades en distintos lugares de la ciudad, y que incluyó debates, conversatorios y mesas redondas. A este movimiento se unieron mujeres indígenas y campesinas, y acudieron figuras como Manuela Carmena, Ada Colau, Saskia Sassen, Michael Cohen y decenas de investigadores, sobre todo de Latinoamérica.

El urbanista y profesor de la Universitat Oberta de Catalunya, Jordi Borja, uno de los organizadores de este espacio, se pregunta: ¿Por qué temen el derecho a la ciudad? En su opinión, “más que un término creado por Lefebvre, es algo concebido desde la práctica de los movimientos sociales, que supieron convertir las necesidades en derechos.”(8)

La alcaldesa de Barcelona y copresidenta de Ciudades y Gobierno Locales Unidos (CGLU), Ada Colau, sostiene que se debe dejar de competir y empezar a cooperar. A su juicio, los rankings de ciudades, impulsados por las grandes corporaciones, presentan casos exitosos que lo único que buscan es hacer competir a una ciudad con otra.

¿Y ahora qué?: cómo implementar la NAU

La Conferencia Hábitat III planteó un reto a escala global y generó un saludable y complejo debate ideológico. La aprobación de la NAU, entonces, se convierte en la nueva guía para los próximos veinte años.

La agenda sienta un precedente para generar políticas públicas, y plantea lineamientos y guías que luego deben discutirse a escala nacional y local para hacer frente a las demandas vecinales. En este camino, es indispensable considerar la realidad de los municipios, sus economías y sus planes a futuro. También resulta imperativo discutir sobre nuevos sistemas políticos de gestión. Las ciudades ya no se diseñan desde un escritorio, de la mano de arquitectos o especialistas, sino por personas que tienen el derecho de transformar la ciudad en algo radicalmente distinto.

La ONU se caracteriza por incluir en sus documentos principios muy amplios y poco cuestionables. Para Jaime Izurieta, arquitecto y urbanista de Quito, la nueva agenda es una larga lista de buenas intenciones que debe ir más allá de la euforia para proponer soluciones urbanas: “Es el momento en que cada uno puede ser un city maker. Las personas son ahora las que toman las decisiones, ya no se debe esperar veinte años para su implementación, o aguardar a que los gobiernos lo hagan. La información y el conocimiento están ahí”.

Es la primera vez que un documento de carácter internacional incorpora el derecho a la ciudad, lo que brinda la oportunidad para dejar a un lado la “ventriloquia, donde otros hablan y deciden por la ciudad”(9), y entender que los habitantes se apropian de su día a día, que hay ciudades con personas y personas con derechos humanos.

Muchas cosas fallan en el documento, señala Andrea Urgilés, experta en planificación y diseño urbano. Hábitat III deja un sabor agridulce, pues no incorpora indicadores que permitan verificar su implementación y seguimiento. “Sin embargo, este tipo de cumbres masivas pone sobre el tapete y deja al alcance de todos las discusiones sobre lo urbano, se ha conformado una masa crítica que genera conciencia, se han creado redes. Este espacio aporta ideas sobre cómo construir ciudad desde la ciudadanía”.

En la misma línea, Fernando Carrión, investigador de Flacso(10) y gestor de Hábitat Alternativo opina que se debe abandonar el urbanismo de las palabras (ciudad sostenible, ciudad incluyente, ciudad resiliente, etc). “Lo que necesitamos es un debate menos académico e ideológico y mucho más metodológico y práctico. Los conceptos se los lleva el aire, por muchas palabras nuevas que se inventen, es necesario generar un debate más de fondo que considere las particularidades nacionales. Se puede mostrar que hay otro modelo además del que propone la conferencia de las Naciones Unidas, uno que no se enfoque en la urbe sino en las poblaciones rurales”. Es decir, que no limite su alcance a una problemática sobre hábitat y ciudad, sino que reflexione sobre el modelo insostenible de crecimiento y desigualdad.

La intención es ampliar el espacio en el que actúan los movimientos sociales para lograr el cumplimiento del derecho a “crear ciudades que respondan a las necesidades humanas(11)”, dándole un significado y orden concreto para las vidas de sus habitantes.

Como afirma Harvey,(12) “El derecho a la ciudad no es simplemente el derecho de acceder a lo que ya existe, sino el derecho a cambiarlo a partir de nuestros anhelos más profundos”. De esta afirmación extraemos la más obvia: la ciudad es de todos, ya que es “el escenario de encuentro para la construcción de la vida colectiva(13)”. El derecho a la ciudad es incuestionable y real para toda la ciudadanía. Es esencial, por tanto, volcar la mirada al ser humano como pieza clave de un todo, sólo así podremos construir espacios para vivir dignamente, con seguridad, oportunidades, esparcimiento, movilidad, salud, respeto e igualdad, cuyo fin último sea una ciudad con ciudadanos felices.


Notas:

(1) http://citiscope.org/habitatIII/explainer/2015/03/que-es-habitat-iii

(2) Habitat III, recuperado de : http://rumboahabitat3.ec/es/noticias/noticias/17-agenda-urbana.html

(3) Joan Clos, Secretario de ONU- Hábitat, Conferencia Hábitat 3, 2016.

(4) LGBTI o GLBT son las siglas que designan colectivamente a lesbianas, gays, bisexuales y personas transgénero e intersexuales.

(5) Para Joan Subirats, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona y experto en gobernanza y políticas públicas, “Es difícil llamarlo derecho como lo haría un jurista, es algo más sugestivo, es un instrumento de lucha que evoca una ciudad justa y democrática, un concepto que, por cierto, no aparece ni una sola vez en la Nueva Agenda Urbana”. El catedrático prefiere centrar sus intervenciones no tanto en lo que pueda significar el término sino en lo que puede ayudarnos para conseguir una ciudad más justa. El derecho a la ciudad contra el espacio urbano como mercancía, recuperado de: http://www.eldiario.es/desde-mi-bici/derecho-ciudad-espacio-urbano-mercancia_6_571202875.html , 19-10-2016.

(6) También conocido como el “urbanista rojo”.

(7) El derecho a la ciudad contra el espacio urbano como mercancía, recuperado de: http://www.eldiario.es/desde-mi-bici/derecho-ciudad-espacio-urbano-mercancia_6_571202875.html , 19-10-2016.

(8) El diario. es (19 oct 2016) recuperado de : http://www.eldiario.es/desde-mi-bici/derecho-ciudad-espacio-urbano-mercancia_6_571202875.html

(9) Fernando Carrión (2016), La ventriloquía de HABITAT III, recuperado de: https://works.bepress.com/fernando_carrion/699/

(10) Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.

(11) Lefebvre H. El derecho a la ciudad, Ediciones Península, Barcelona.

(12) Harvey D, (2012), Ciudades rebeldes del derecho de la ciudad a la revolución urbana, Ediciones Akal, Madrid.

(13) Mathievet Ch, (2009), El derecho a la ciudad: claves para entender la propuesta de crear, disponible en: http://base.d-p-h.info/es/fiches/dph/fiche-dph-8034.html

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Sobre el Autor


Licenciada en Negocios Internacionales, especialista en planificación y gestión de intervenciones de Cooperación para el Desarrollo. Master en Goberanza y Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Madrid, España. Más de 10 años de experiencia en relaciones internacionales y gestión de proyectos sociales. Vinculada a organismos de cooperación nacionales e internacionales.