¿Porqué Peña Nieto es tan impopular?

Publicado el 2016-11-15 » 964 Views» Por Rolkin Lorenzo Jimenez » América Latina, Democratización, Gobernanza

Manifestación "Fuera Peña Nieto" en Ciudad de México, año 2014. Montecruz Foto vía Flickr (CC BY-SA 2.0).

Manifestación “Fuera Peña Nieto” en Ciudad de México, año 2014. Montecruz Foto vía Flickr (CC BY-SA 2.0).

El pasado 1 de septiembre, el presidente mexicano Enrique Peña Nieto rindió su cuarto informe de Gobierno ante las cámaras legislativas, que se vio empañado por la polémica visita realizada un día antes por el controversial candidato republicano Donald Trump, quien ha hecho del sentimiento antimexicano su bandera política.

La visita del magnate estadounidense supuso un componente más a la ya alta impopularidad que registra Peña Nieto. Según la más reciente medición, el mandatario cuenta con 74% de rechazo popular, convirtiéndose de este modo en el Presidente más impopular de las últimas dos décadas en el país azteca.

La devaluación del peso mexicano en un 25% frente al dólar, en tan sólo 18 meses; los sucesivos escándalos de corrupción que involucran a la propia pareja presidencial; y el aumento de hechos delictivos que implican a organismos del Estado, así como la invitación a Trump, no son las únicas causas estructurales que podrían explicar la caída libre de Peña Nieto en la aceptación ciudadana. También hay otras causales que vienen dadas desde la propia elección del Jefe de Estado en julio de 2012.

La elección de Enrique Peña Nieto supuso la vuelta al poder del otrora hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), luego de doce años en la oposición. En otros países latinoamericanos, la sustitución en el poder de un partido por otro, es vista como una mera manifestación de alternancia democrática, mas no así en México, donde el retorno del PRI hizo temer el regreso de la corrupción y la impunidad como reglas. Si bien Peña Nieto se presentaba como un dirigente moderno y pragmático, los hechos han demostrado que es en realidad un político joven con viejas ideas priistas.

Enrique Peña Nieto llegó a la Presidencia irradiando la esperanza de instaurar un nuevo estilo de gobernar, sobre el cual ya había dado muestras cuando, entre 2005 y 2011, se desempeñó como Gobernador del Estado de México, el más poblado del país. Pero su buen manejo como Gobernador no se ha puesto de manifiesto en su desempeño como jefe del Ejecutivo de un país que desde hace más de veinte años ve amenazada su cohesión social por parte de la criminalidad organizada y por el rezago en el crecimiento económico. Razón tenía el fenecido escritor mexicano Carlos Fuentes, cuando meses antes de la elección del actual Presidente expresó estas proféticas palabras: “No quisiera ni pensar que Peña Nieto vaya a ser Presidente de la República. Es un hombre que no está preparado para ser Presidente de México. Los problemas son demasiado grandes, los desafíos son enormes, y el personaje parece ser muy pequeño.” 

Un factor determinante a la hora de entender la desaprobación por la que atraviesa el presidente mexicano, es el hecho de que fue electo con tan sólo el 38.21% de los votos emitidos, con lo cual su administración inició con un considerable rechazo. Para lograr equilibrar la balanza se hacía necesario que el nuevo presidente tomara ciertas medidas que le pudieran hacer crecer en el agrado colectivo. Por ello, durante los primeros meses de su gestión Peña Nieto sorprendió a la opinión pública nacional e internacional al lograr consensuar con las principales fuerzas políticas un acuerdo denominado Pacto por México, a través del cual se ponía en marcha un ambicioso programa de reformas institucionales que abarcaban al sector energético, hacendario, fiscal, electoral, educativo, laboral y de las telecomunicaciones. Muchos veían ante sí la posibilidad de que por fin México se encarrilara hacia la anhelada modernización del Estado.

Las expectativas generadas por las reformas se verían prontamente truncadas por la desaparición de 43 jóvenes estudiantes en Iguala, Guerrero. La tardía y mal manejada investigación por parte de las autoridades mexicanas, le dieron motivos a la población para no ver ninguna distinción en lo que a protección de derechos humanos se refiere entre la presidencia de Peña Nieto y las anteriores administraciones priistas del siglo XX.

A muchos la situación en la que está inmerso el presidente Peña Nieto nos hace recordar la misma que experimentó el expresidente mexicano Carlos Salinas de Gortari, quien tras haber obtenido una controversial victoria en 1988, logró en sus cuatro primeros años hacer ciertas transformaciones institucionales y comerciales que fueron admiradas tanto en México como en el exterior; pero justo en sus dos últimos años de gestión todo fue perturbado por hechos negativos, como el asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, la incipiente guerra entre los cárteles de la droga y el surgimiento del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en el Estado de Chiapas.

En México no cabe la posibilidad de reelección presidencial y el período tiene una duración de seis años, por lo que al desaprobado presidente Peña Nieto, que ha tomado posesión en 2012, aún le esperan dos años de gestión. Ante tal desaprobación ciudadana, de haber existido en el ordenamiento jurídico mexicano la figura del referendo revocatorio como en Venezuela, ya un amplio sector de la sociedad estaría exigiendo la revocación del mandato presidencial; o de haber sido México una democracia parlamentaria, como las europeas, habría ya una moción de censura del Congreso para adelantar las elecciones. Pero como el sistema presidencial mexicano es muy rígido, no hay otra salida que esperar a la elección del sucesor de Peña Nieto en 2018.


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Sobre el Autor


Abogado dominicano, egresado de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Estudiante del Máster en Gobernanza y Derechos Humanos, Universidad Autónoma de Madrid, España.