Reflexiones en torno al lustro de Pepe Mujica: La moderación de un revolucionario

Publicado el 2015-04-22 » 2034 Views» Por Diego Sanjurjo García » América Latina, Archivo, Democratización, Gobernanza

"josé mujica, painted portrait" thierry ehrmann vía Flickr (CC by 2.0)

“josé mujica, painted portrait” thierry ehrmann vía Flickr (CC by 2.0)

El 1º de marzo se celebró la ceremonia de investidura del nuevo Presidente uruguayo, Tabaré Vázquez. El encargado de traspasarle la banda presidencial fue su antecesor, José Mujica, en un gesto que recordó a la ceremonia de cinco años atrás, cuando fue este último quien recibió la banda del propio Vázquez. El fin de su mandato no significa el fin de su carrera política, sin embargo. Su sector político, el MPP (Movimiento de Participación Popular), obtuvo 24 de los 50 diputados del Frente Amplio y seis de los 15 senadores. Mujica ocupará un escaño en el Senado y será el líder de un grupo parlamentario importante.

Más allá de gustos, su presidencia tuvo características que la hicieron altamente excepcional en un sistema político que no suele destacar por sus personalismos. Carentes de la perspectiva histórica que aportará el paso de los años, los analistas destacan la dificultad de valorar una actuación que impactó en varios planos paralelos. En el caso de Mujica, no alcanza con evaluar su eficacia, contrastando las promesas de gobierno con las obras concretadas. Junto a su obra material, apostó por dar el ejemplo en un plano intangible y simbólico, lo que le procuró un reconocimiento internacional tan amplio como insospechado.

Mujica se sintió muy cómodo como estrella global, seguido por decenas de medios de comunicación, alabado tanto por su forma de vida austera como por su agenda de nuevos derechos. Pero la paremia de origen bíblico ‘nadie es profeta en su tierra’ también le aplicó. Aunque se retiró de la presidencia con altos niveles de popularidad personal y de aprobación a su gestión (68 y 63 por ciento, respectivamente), nunca gozó del apoyo de la derecha, opuesta a sus políticas, ni de parte de la izquierda, decepcionada con un ‘giro a la izquierda’ que no llegó.

A pesar de ello, Mujica nunca despertó la animadversión que podía esperarse de parte importante de uruguayos y extranjeros: un ex guerrillero de extrema izquierda, extravagante, contestatario y políticamente incorrecto. Por si fuera poco, impulsor de políticas tan polémicas como aquella que permite el matrimonio igualitario o la interrupción voluntaria del embarazo. Otros líderes de la región de carácter e ideología en apariencia similares, generaron y generan tasas de desaprobación más altas, así como sentimientos de aversión más viscerales, dentro y fuera de sus territorios.

Realizados ya los balances de su gestión (1), vale la pena hacer hincapié en ciertas actitudes poco mencionadas del ex mandatario uruguayo, que ayudaron a mantener una relativa cohesión social frente a sus políticas y no ensombrecieron el reconocimiento internacional que cosechó en casi todas partes del mundo, algo poco frecuente en la cultura de medios masivos contemporánea.

Primero, señalar que tanto su discurso y consecuente forma de vida austera o ‘ligera de equipaje’, como su igualitarismo radical o su honestidad política, probablemente hubiesen supuesto una mera curiosidad anecdótica si el desempeño económico del país no hubiese sido tan positivo como fue. Aquí influyó una coyuntura internacional favorable y también la continuación de la política económica del Gobierno anterior, fundada en la complementariedad de una economía de mercado abierta a la inversión extranjera con la generación de mecanismos de distribución de la riqueza. Si bien el mayor mérito lo tuvo un equipo económico con el cual Mujica tuvo fuertes desencuentros, también debe reconocerse que él siempre tuvo en su mano la posibilidad de cambiar el rumbo y no lo hizo, aun a expensas de su sector político y quizás de sus creencias personales. Su conocido compromiso republicano y su apego a la coherencia política lo llevaron a no cuestionar demasiado un rumbo económico con el cual se había comprometido ante la opinión pública antes de las elecciones generales, contrario al ‘giro a la izquierda’ que reclamaba gran parte de la interna frenteamplista. Ese respeto a la voluntad popular en materia económica permitió evitar un cambio de rumbo que, como mínimo, hubiese supuesto un profundo enfrentamiento social y una mayor oposición al proyecto mujiquista.

Segundo, destacar el rol de la compleja ideología personal de Mujica, en la cual predomina una fuerte influencia libertaria que supone la conciliación de un proyecto socialista con el repudio a los modelos estatistas y a las limitaciones de la libertad individual. Una filosofía que lo aleja de la imposición de su estilo de vida a terceros, así como de obcecados enfrentamientos con otros sectores de la sociedad, comunes en países como Venezuela a Argentina. No es que Mujica no critique a nadie, sino que critica a todos por igual, sean estos empresarios, funcionarios o simplemente uruguayos. Con aciertos y desaciertos, su Gobierno buscó y obtuvo una mayor equidad y justicia social sin enemistarse ni perjudicar el desarrollo empresarial del país. Siguió los pasos de Lula en Brasil, distinguiéndose del de la mayoría de sus colegas de la región, entendiendo que no se puede dejar solos a los ciudadanos, pero tampoco injerir en sus vidas ni desconfiar de sus emprendimientos. Asimismo, logró situarse a medio camino entre el ALBA y la Alianza del Pacífico, haciendo malabarismos para cosechar excelentes relaciones diplomáticas con sus colegas bolivarianos, pero también con EEUU.

Tras un año de mandato respondía así en una entrevista de El País: “La izquierda es vieja como el hombre. También la derecha. El hombre tiene una cara conservadora y tiene una de cambio; es parte de la condición humana. El hombre va a vivir con esa contradicción. La cara conservadora, que tiene sus razones muy serias, porque no se puede vivir cambiando todos los días, cuando se hace crónica y cerrilmente cerrada, deja de ser conservadora y se hace reaccionaria. La cara de izquierda, cuando es tremendamente radical, se hace infantil. El partido lo resuelven quienes están en el centro, que son la mayoría”(2).

Para sorpresa de muchos, teniendo en cuenta su estilo y hoja de vida, Uruguay encontró en Mujica un Presidente cuya madurez y experiencia hicieron entender el valor práctico y normativo de la templanza y la moderación política. El mundo se lo agradeció.


Notas

Recomiendo el análisis de Adolfo Garcé: Garce, A. (El Observador, 21/02/2015) Dos Dimensiones del Legado de Mujica. Enlace: http://www.elobservador.com.uy/noticia/298611/las-dos-dimensiones-del-legado-de-jose-mujica-/ (Accedido el 16/03/2015).

Gallego Díaz, S. (El País, 17/04/2011) Entrevista a José Mujica, Presidente de Uruguay: “Yo no miro atrás, pero no puedo imponer a los ciudadanos mi manera de ser”. Enlace: http://elpais.com/diario/2011/04/17/domingo/1303012356_850215.html (Accedido el 16/03/2015).

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Sobre el Autor


Politólogo uruguayo, máster en Políticas Públicas y máster en Cooperación Internacional. Actualmente investigador predoctoral en el departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid. Se especializa en políticas de drogas y de seguridad.